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María Sánchez: ¡Mis días sin clase!

Opinión: “Cuando nuestras madres tomaban las medidas de restricción con responsabilidad y sin que nadie les tuviera que advertir ni obligar a tomar la decisión adecuada en beneficio de todos”

A consecuencia de este virus que nos visita, media España está paralizada y, como no podía ser menos, los colegios están cerrados y los estudiantes en casa. Este acontecimiento me ha hecho rescatar este relato que escribí hace algunos años.

Lo más natural en los meses de invierno son los días de lluvia, frío y viento que parece que nos corta la cara.

Otra de las cosas que sucede en estos aciagos meses es que, al menor síntoma de peligro los colegios cierren, que no digo yo que no se tenga que prevenir algún siniestro por la posible caída de un muro dentro del colegio, goteras o alguna que otra rotura, pero lo más acertado es que se prevenga antes y no durante.

Las madres, previniendo los catarros, son las primeras que dejan a los niños sin ir al colegio en cuanto tosen dos veces seguidas, la mía la primera que decía “te noto calenturienta, hoy no vas al colegio” firmaba alerta máxima y ese día para mí no había clase.

Yo me ponía más contenta que unas castañuelas y lo primero que hacía era ponerme cómoda: zapatos y vestido de estar en casa, que para eso eran muy miradas las madres de antes, lo de salir para los domingos y en casa la ropa más viejita. En el patio de casa, preparaba todos los trastos que iba recopilando para mis juegos en solitario; desde una caja de zapatos que, lo mismo hacía de cuna para la muñeca que de mesa de escritorio como de sombrero para ir a la fiesta de la imaginaria vecina de al lado

Cuando aquella caja de zapatos pasaba a ser una mesa de trabajo, aparte de los lápices y los pocos bolígrafos de los que disponíamos en esa época, mi (oficina) disponía de teléfono y además inalámbrico. Para ello me venía que ni pintada la mitad de una diadema de carey que yo guardaba como oro en paño, junto a otros tantos trastos que atesoraba en una caja de madera del coñac tres cepas, que no sé de dónde trajo mi padre a casa. Con aquel teléfono, un papel baso de la tienda de al lado, y un bolígrafo me veía tan importante que no paraba de dar órdenes a diestro y siniestro.

Recuerdo con cariño los juegos con las amigas, los días en que nuestras madres nos dejaban salir a jugar en la calle. Ahí la imaginación no tenía límites y, lo mismo éramos; madres que maestras o imitábamos a aquellas compañeras de clase que no nos caían demasiado bien. La que más con la que menos se peleaba por ser la madre, pues ya es sabido que no estando el padre era la mujer la que llevaba los pantalones en casa e imponía su ley y respeto.

Teníamos la tienda, donde las hierbas del camino eran las verduras para el potaje, los trozos de macetas, platos y escudillas que se rompían; eran nuestra mejor vajilla donde hacíamos que nuestra “hija” comiera las verduras que la iban a hacer crecer y hacerse mujeres.

A colación de esto me comentaba una amiga que ella se pirraba por ser la madre y, a las sufridas amigas que se convertían en sus hijas, les preparaba una potajeta de gofio y agua que las pobres tenían que comer sí o sí. Seguro que ninguna murió en el intento y hoy lo recordarán como una anécdota más de la niñez.



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