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Opinión Octavio Medina: ‘Nada está escrito’

Lawrence de Arabia decía, nada está escrito. Quiero decir, no existen caminos mejores ni peores, simplemente elegimos los que necesitamos para llegar a donde queremos, de eso se trata

¿A veces nos equivocaremos? Sí, ¿y qué? Pues volvemos al punto anterior, ¿Qué prisa hay?

Hace unos días, con motivo de una ineludible presentación en la Facultad de Comunicación, aterricé en el aeropuerto de Sevilla con cuarenta y dos grados centígrados, más o menos. Aunque dicho evento tendría lugar a las siete de la tarde, a las diez menos cuarto ya andaba pululando por el centro de la ciudad; con la mochila y el sol a cuestas. El caso es que me dirigí con paso decidido a Viapol, lugar donde están concentradas algunas de las universidades, diferentes tipos de cafeterías, locales y todo eso. Recordé el camino hacia una vieja tetería que había sido lugar de encuentro, intercambio de apuntes y análisis post exámenes años atrás. Entré, pedí un té bien frío y me senté en la mesa más alejada de la entrada, donde tenía una visión general del local. Seguía siendo un lugar maravilloso; la decoración clásica de madera, el suave bullicio del vaivén de la gente, el sonido de las conversaciones, un agradable hilo musical de fondo…

Bueno, lo que vengo a contarles guarda relación con cinco universitarios que entraron en el lugar diez minutos después de mí. Saludaron a la chica tras la barra como si la conocieran de tres vidas pasadas, cogieron sus respectivas bebidas y tomaron asiento dos mesas más allá de donde estaba sentado. Créanme que no tengo por costumbre pegar la oreja a las conversaciones ajenas, pero comentaban y reían tan alto que era imposible no hacerlo sin pretenderlo, en serio. Resulta que uno de ellos estaba contando que un conocido suyo estaba estudiando Magisterio no muy lejos de allí y lo estaba pasando realmente mal para aprobar las asignaturas, entregar los trabajos y demás. Al decir eso el grupo estalló en risas y zapatazos seguidos de comentarios despectivos del palo: “¿Le cuesta pintar servilletas?”, ¿Qué pasa? ¿Le cuesta no sabe hacer figuritas con plastilina?”, “Vamos, que no sabe multiplicar con números decimales”. Qué lástima escuchar esos comentarios, de verdad. En primer lugar por la falta de empatía hacia la persona de la que hablaban y, en segundo lugar, por aportar a la últimamente tan común visión distorsionada de la formación del profesorado.

“Toda comparación es odiosa” escribía con sabiduría Fernando de Rojas en La Celestina, pero tengo la sensación de que en el mundo académico estas resultan absolutamente inevitables. “Es que en traducción sabes cuales son los contenidos que aparecerán en el examen”, dijo el ingeniero. “Ya, pero tú no tienes que memorizar ciento catorce autores para la semana que viene”, respondió el alumno filosofía. “Puede ser, pero los términos que tengo que aprender son mucho más complejos que los tuyos”, espetó la alumna de medicina. “Mucha queja escucho aquí, ¿pero quién se atreve a hablar en la radio, eh?” Preguntó la alumna de periodismo. “¡Poco se habla aquí de vivir a costa del cine en España, estando la situación tal y como está!”, gritó el de comunicación audiovisual. Yo lo veo algo así como comparar cuatro o cinco llaves distintas; intentan ver cuál es la mejor de todas cuando cada una tiene la función de abrir su respectiva puerta.

Es esta tendencia de poner todo en la misma balanza lo que produce que tengamos en tan poca estima, en este caso, por ejemplo, a la profesión que se encarga de transmitir conocimientos y valores a las generaciones venideras. Agrupamos y etiquetamos, así funcionamos. Que si las personas de ciencias son esto y terminan así, que si las personas de letras son de aquella manera y tirarán por allá, si te embarcas en una carrera de arte tal, si hacer veterinaria cual… Y en realidad, como decía Lawrence de Arabia, nada está escrito. Quiero decir, no existen caminos mejores ni peores, simplemente elegimos los que necesitamos para llegar a donde queremos, de eso se trata. ¿A veces nos equivocaremos? Sí, ¿y qué? Pues volvemos al punto anterior, ¿Qué prisa hay? No sé, no entiendo.

En fin, terminé mi té, salí del local y la reunión de esa tarde fue un desastre, todo sea dicho.

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