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Opinión-Octavio Medina: ‘Conexión inalámbrica’

¡A todos, unos más que otros, nos hace falta una Conexión Inalámbrica de este tipo!

Un jueves por la noche del mes de mayo, Jota y yo decidimos coger un billete de cinco euros por cabeza y romper nuestra rutina visitando una de esas salas de juego con ruleta, una enorme sala de bingo y todo tipo de máquinas con luces resplandecientes y melodías cortas pero pegadizas. Yo nunca había estado en ninguna, así que tuve paso tímido e inseguro toda la noche. El caso es que pedimos cambio para nuestros billetes, nos sentamos uno al lado del otro en la ruleta y comenzamos con dos o tres euros en la primera tirada. Mientras la pelota giraba y giraba entre las casillas rojas y negras, la mujer que estaba a mi lado sujetaba con fuerza y nervio el enorme vaso de plástico repleto de monedas que estaban a punto de rebosar, un hombre que estaba en el otro extremo de la mesa se levantaba, con los brazos en la parte trasera de la cabeza, hecho un manojo de nervios y yo, sonriente, me sentía como en la típica partida de cualquier película. La esfera finalmente se detuvo, miré a Jota para que me informara si habíamos ganado o no y con una sonrisa y unas cuantas palmadas en la espalda me dijo: “Bien, Medina, coño. Al final se te va a dar esto, ¿eh?”. La suerte del principiante e ignorante juntas, me valía.

La noche fue bien. Bueno, rematadamente bien. Tal y como habíamos acordado previamente, hicimos de nuestras ganancias personales un bote en común, el cuál ascendía a unos ochenta euros, más o menos.

Al salir del local, saludamos a la noche sevillana con risas, saltos y carcajadas.

–Los mejores cinco euros invertidos, ¿eh? –Decía Jota, llevándose las manos a la cara.

–Madre mía, es que sí… Todavía no me lo creo, de verdad.

–¿Has pensado que hacer? Yo tengo una propuesta, ojo…

–Miedo me das.

–Escucha, lo pensé antes de venir. No quería decir nada por miedo a gafar la noche, pero… –La risa comenzó a apoderarse de su voz. –Pero es que ha ido tan, tan bien. Dios…

–Bueno, ¿qué tienes en mente?

–Lo primero de todo, ¿tienes algo que hacer mañana? ¿Estudiar? ¿Has quedado con alguien? ¿Algún compromiso? No sé, ¿algo?

–No… –Dije sin pensar demasiado. Me alejé un poco de él y levanté los brazos en señal de redención. –Vale, suéltalo.

–Desayunemos en Huelva. Hay dinero de sobra para llenar el depósito y…

–¿En Huelva? ¿Pero a cuánto tiempo estamos en coche?

–No sé. –Contestó con los ojos casi cerrados, como si estuviese mirando en hacia un punto muy iluminado. –Recuerdo que, hasta hace un año, en Islantilla, había un local muy bueno, junto a la playa. Los mejores creeps que he probado, en serio. Te encantan los creeps…

–Me encantan los creeps.

Hora y poco más tarde ya estábamos de camino. El coche avanzaba a veces por tramos oscuros, otras veces por algunos más luminosos, pero siempre con la música a todo volumen y nosotros cantando a coro como locos. Llegamos a Islantilla a las cuatro y pico de la madrugada. No había indicio alguno de vida. Jota estacionó junto al mencionado local, fuimos hasta la playa y nos sentamos en la arena, junto unos hoyos para hacer tiempo. Se estaba muy bien, la verdad. Una suave y cálida brisa había decidido quedarse con nosotros y la luna, al rato, salió tras una nube para alumbrar la orilla y alrededores, todo un detalle. Al rato una extraña tranquilidad nos envolvió. Cuando me di cuenta ya había amanecido y estábamos desayunando los famosos creeps, rodeados de gente que hablaba distintos idiomas y de camareros que iban venían por todo el local. Me gustaron, pero no hablé. Jota tampoco.

Una vez terminado el desayuno, volvimos al coche. Ninguno habíamos dicho palabra alguna y, como si de un tratado no hablado ni escrito se tratase, guardamos silencio todo el camino de vuelta. Tampoco encendimos la radio, no hacía falta. Una o dos horas después, no sé, el auto se detuvo en la entrada de mi bloque. Me bajé sin despedirme, entré en el edificio, giré la llave en la puerta de mi piso y, como si hubiera estado pensándolo toda mi vida, me dejé caer en el sofá del salón.

Al abrir los ojos era noche cerrada. Busqué el cargador entre la oscuridad y resucité el móvil. Esquivando no sé cuantos miles de notificaciones de cientos de aplicaciones, busqué el número de Jota. Quería agradecerle todas las horas que había pasado al volante y decirle que estar allí en la playa, con el sonido de las olas, el silencio… No sé, no puedo explicarlo. ¿Cómo podía haber pasado tanto tiempo sin…? Mi pensamiento se vio interrumpido por un mensaje de texto de un número desconocido. No recuerdo las palabras exactas, pero decía algo así como:

“Medina, soy Jota. He cambiado de número. ¡No le des este a nadie! Quiero volver a la playa, si quieres venir deja una llamada perdida y paso a buscarte. No importa cuando leas esto.”

Obviamente!!

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Foto cedida por el autor, Octavio Medina

 



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