Colaborador Octavio Medina

Opinión-Octavio Medina: ‘Preguntas propias’

Todas y cada una de las personas de este mundo sin importar raza, nacionalidad, profesión, nivel de riqueza o fama, somos iguales cuando las luces se pagan al final del día

Antes de dar comienzo quisiera pedirle perdón. Sí, a usted. Soy plenamente consciente del tiempo que ha pasado desde la última vez que estuvimos reunidos en el mismo artículo. Cualquiera que se mantenga activo en este curso intensivo que es seguir vivo sabe que uno de los atributos más valiosos y complejos es gestionar el tiempo, yo sigo intentando pillarle el tranquillo. Aún así, le prometo que nos veremos más asiduamente. Ojo, no es una promesa electoral, sino de las que se cumplen. Empezamos.

De la misma forma que todas las personas de este mundo se han detenido alguna vez para reflexionar sobre lo que hay, o no, tras la muerte; cualquier estudiante se ha preguntado qué diablos ocurre después de haber colgado el diploma en la pared. Yo no tengo ni idea de lo que pasa después de eso, la verdad. Quiero decir, aún no tengo ningún diploma que colgar ni pared en la que quiera hacerlo. Tampoco esperen que venga corriendo aquí a decirles, si es que se me ocurre, que es lo deben o deberían hacer, que va. Los consejos son armas peligrosas, quienes los requieren están dispuestos a seguirlos y eso es una tremenda responsabilidad que no hay que tomarse a la ligera. Lo que si voy a contarles es lo que ocurrió cuando me encontré a V, una amiga de los tiempos universitarios, mientras daba un paseo por cierta avenida marítima.

Después de estar saludándonos durante veinte minutos nos acercamos a una cafetería. Tomamos asiento y empezamos a relatarnos nuestras vidas desde el punto exacto donde lo habíamos dejado. ¡Qué bien le había ido! Después de haberse graduado en Comunicación Audiovisual realizó prácticas en distintos puntos de España, había estado en países europeos trabajando brevemente, en algunas regiones asiáticas ojeando un posible empleo y ahora planeaba marcharse a Estados Unidos para realizar unos cursos. Vamos, que le estaba yendo perfectamente todo. Sin embargo, lo que más me cautivó de nuestra charla no fue escuchar la impresionante retahíla de logros profesionales cosechados sino la revelación de que el número de intentos y fracasos había sido infinitamente superior al de éxitos.

Para que nos entendamos, ¿sabe la persona que anda siempre varios pasos por delante? Esa es V. ¿Usted aprueba un examen con un cinco raspado? V es la calificación más alta de la clase. ¿Desea aprender a hablar un nuevo idioma? V ya lo habla a nivel nativo. ¿Desea presentar una propuesta en el trabajo? V estará terminando de redactar la tercera y meditando sobre la cuarta. En sus redes sociales comparte fotos en lugares que usted desearía visitar, los logros que usted desearía alcanzar y, tal vez, manos que usted rogaría por estrechar. Parece no descansar por estar haciendo de todo y, por si fuera poco, lo hace extremadamente bien. Todos tenemos una V en nuestra vida. Y, ¿por qué no reconocerlo? Puede incluso generar ciertos focos indeseables y momentáneos de envidia. La condición humana escuece a veces, si.

Al graduarse y colgar su diploma en la pared, V tuvo que hacer frente a la cuestión que hemos mencionado antes: “¿Qué ocurre ahora?”. En lugar de responder inmediatamente, más que nada porque todo el mundo le formulaba la dichosa pregunta, se dio un tiempo y, muy tranquilamente fue solicitando entrevistas en diversos medios de su zona. La noche anterior a la primera de ellas me dijo que miró la oscuridad de su cuarto y, como si de una pizarra se tratase, comenzó a componer las respuestas en la oscuridad para tranquilizarse y pensar con claridad. La noche siguiente, con el fin de listar las virtudes y fallos que había tenido en el encuentro, echó mano al mismo recurso. El día que se presentó al examen teórico y práctico de la autoescuela repitió el proceso, la primera semana de prácticas, la noche anterior a una entrega…

Verá usted, todas y cada una de las personas de este mundo sin importar raza, nacionalidad, profesión, nivel de riqueza o fama, somos iguales cuando las luces se pagan al final del día. Cuando estamos tumbados en la cama rodeados de oscuridad y nos quedamos a solas con nuestros pensamientos… ¡Joe, y qué difícil se hace a veces! El caso es que hay personas que aprovechan ese instante de tranquilidad para conciliar cuanto antes el sueño, otras para hacer un repaso del día y algunas para… Bueno, para ponerse a pensar en sus asuntos, vaya. V no, ella utilizó ese soplo de tiempo para sopesar su destino: “¿Qué me conviene más si quiero progresar en esta empresa?”. “A ver, V. ¿Qué debes hacer si, tal y como le prometiste a María, quieres irte a Francia para trabajar en tal sitio?”. “Para este trabajo necesito cierto nivel de Francés, ¿cómo puedo organizarme para…?

Cada noche pedía cita consigo misma, se proponía setenta cosas y a la noche siguiente volvía a para comprobar cómo marchaban. Sin embargo, la ley de la probabilidad establece que, cuantos más sueños te propongas más pueden salir mal; y así fue. Hubo meses en los que las cosas, simplemente, no salieron. En ocasiones todo iba bien, otras veces genial y también fatal. Me dijo que, por supuesto, ciertas noches habían terminado en lágrimas, en decepción y en tristeza. Aún así acudía siempre a su cita y, si hacía falta, incluso en voz alta se preguntaba: “¿Cómo vas a salir de esta?”, “¿Así? Vale, ¿por qué?”

Antes de salir corriendo por vaya usted a saber porqué me dijo:

– ¿Sabes qué pasa? La vida se rige por preguntas, así lo creo. ¿Qué quieres hacer con tu vida? ¿A qué te gustaría dedicarte? ¿Quieres tener esto? ¿Aquello? Lo que es terrible es que, cuando tenemos que ofrecer una respuesta a todo esto, es cuando decidimos formularlas. No necesitamos un diploma para preguntarnos sobre lo que vamos a hacer, por ejemplo. Necesitamos decisión, la cual nos da seguridad. Por eso necesitamos examinarnos más a menudo para saber que estamos haciendo con nuestro destino y… ¡Ostras, tú!

Cogió su mochila, me dio dos besos, se levantó y se fue corriendo mirando el reloj sin parar.

Bienvenidos a todos y a todas de nuevo.

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