Colaborador Octavio Medina

Opinión-Octavio Medina: Profanación digital del segundo tipo

El uso o mal uso de los dispositivos móviles en ciertos lugares. Un problema de educación y de cultura

Hace unos días tocó el sagrado ritual de acudir al cine con mi padre. Desde que tengo uso de razón recuerdo la enorme pantalla blanca estática en la oscuridad, el sonido envolvente, el olor de las roscas, disfrutar de la compañía de los desconocidos mientras las sensaciones iban y venían en cada película… Vamos, como cinéfilo empedernido y estudiante de Comunicación Audiovisual, ya les comento que para mí se trata de una experiencia absolutamente superlativa y de trazos casi religiosos. Por otro lado, hay gente que simplemente va a disfrutar de una película por mero entretenimiento, por hacer tiempo o porque no se le ocurrió un sitio más original para la primera cita con su pareja. No sé, estas cosas pasan y no hay ningún problema. Pero nada de eso fue lo que ocurrió hace unos días cuando tocó el sagrado ritual de acudir al cine con mi padre.

El caso es que estaba en el cine, con mi padre, en nuestro sagrado ritual. La película que habíamos decidido ver era, para que les voy a engañar, bastante mala. ¿Recuerda la película “Depredador”, de 1987? ¿Dirigida por John Mctiernan y protagonizada por Arnold Schwarzenegger? Bueno, pues a los directivos de la Fox se le ocurrió darle una vuelta de tuerca al concepto y ofrecer una película peor pero de mismo título, ósea: “Depredador”.

En cierto punto las luces de suavizaron, vimos demasiados tráiler para mi gusto, la luz de suavizó aún más y comenzó la película. Empezaba bastante bien, con la introducción de cientos de productoras y una musiquita bastante misteriosa. Pero, tal y como he dejado ver en la parte superior de este artículo de opinión, la película no gozaría de mi empatía. ¿El motivo? Ojala hubiera sido uno: La gente hablando, la gente riendo de sus juegos de manitas, la gente mirando el Whatsapp ergo alumbrando a los que estábamos tras ellos, la gente buscando no sé qué cosa con la linterna del móvil y alumbrando a los que estábamos delante de ellos… Aquello era un cachondeo, vamos. El argumentario típico es decir que el cine no es precisamente barato hoy día, que todos hemos pagado nuestra entrada por disfrutar dos horas y es lo que queremos y merecemos. Pero es que esto va mucho más allá. Esto es un problema de educación y cultura.

¿Un problema de educación? Ya lo creo que sí. Verá usted, el hecho de que las personas presentes hayan pagado por su entrada no es motivo por el cual haya que guardar silencio y dejar que hable nuestro mudo silencio, no. Me explico, estemos en una sala de cine, autocine o en esas tan típicas proyecciones de verano al aire libre, ¿que se piensa la gente que hemos venido a hacer?

Ocurre lo mismo con las personas que van a charlar a las aulas de estudio, a reír en las bibliotecas interrumpiendo las lecturas o poniendo música a todo volumen en mitad de la tranquilidad del campo. Por supuesto, bastante decidido y de forma educada, llamé la atención en tres ocasiones a las personas que ya no solo no podían centrar la atención en la actividad que allí nos reunía a todos; sino que también arruinaban la experiencia a los que si podíamos. Fue inútil. Su convencimiento de que no estaban haciendo nada erróneo era más poderoso que el propio sentido común o, como he dicho, la educación.

¿Un problema cultural? Le digo lo mismo pero de otra forma, ojalá fuera mentira. Considero que los teléfonos móviles que llevamos a todas partes son una genialidad por sí mismos. Permiten comunicarnos de forma instantánea, sacar fotos y vídeos de enorme calidad, satisfacer necesidades, entretenimiento… Un sinfín de cosas. El problema reside en la dependencia que tenemos con el dichoso aparatito. Es imperativo responder a esa persona, es necesario enviar tal cosa por el grupo y, por supuesto, de extrema urgencia actualizar la aplicación de lo que sea. ¿Y sabe usted cuándo hay que hacerlo? ¡Ya, por supuesto! Porque esa maravilla, que acapara todo el conocimiento que nuestra especie ha ido acumulando a lo largo de su Historia, disponiéndolo al alcance de nuestro dedo, nos tiene absortos en una constante inmediatez. Parece que ya no vivimos. Lo que es un complemento, un suplemento, de nuestro tiempo se ha convertido en el protagonista absoluto. ¿Estás en un concierto? No disfrutes, grábalo con tu móvil. ¿Una lluvia de meteoritos? No observes tal fenómeno, grábalo para las redes. ¿Cómo dices? ¿Perdona? ¿Qué estás viendo a Octavio y su padre en su sagrado ritual de acudir al cine? ¡Diablos, saca tu móvil!

Qué lástima.

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