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Opinión-Octavio Medina: ‘Las Prisas’

Nada está escrito, pero cuando cambies eso habrá sido a tu propio ritmo…

Co. 11 de agosto de 2018

En la primavera de 1959, con unos muy escuetos apuntes cedidos a sus músicos y unas vagas ideas en su prodigiosa mente, Miles Davis concibió en dos sesiones una de las piedras angulares del jazz; Kind of blue. Después de obtener el beneplácito de la crítica y triunfar en el festival de Sitges con Reservoir Dogs, un joven Quentin Tarantino se retira durante seis meses a un modesto apartamento en Amsterdam para dar forma a la que aún es su película más aplaudida; Pulp Fiction. Desde 1982, Woody Allen cumple su propósito personal de escribir, realizar y estrenar una película cada año. Por otro lado, el minucioso Stanley Kubrick alcanzó su madurez artística estableciendo como mínimo dos años entre el final de un proyecto y el comienzo del siguiente. Seis años fue el tiempo que le llevó a J.K. Rowling terminar Harry Potter y la piedra filosofal, diez los que estuvo encerrado en su casa el enigmático J.D. Salinger elaborando de todas las formas posibles El guardián entre el centeno y dieciséis empleó J.R.R Tolkien para concluir su épica trilogía El Señor de los Anillos. Es cierto que a Leonardo Da Vinci le llevó menos tiempo acabar La Gioconda; trece años, pero también es verdad que veinte fueron los que tardó Terrence Malick en volver a sentarse tras una cámara para dirigir su siguiente cinta filosófica; La delgada línea roja. Poco se habla de los veintidós años que transcurrieron hasta que la banda My Bloody Valentine lanzó su tercer disco, el notable m v p, y de los treinta y siete que han transcurrido desde que Yuri Norshtéin comenzó a trabajar en El capote, aún continúa en ello.

En algún punto reciente de la historia la tecnología avanzó tanto y tan rápido que dejó a la especie humana rezagada. ¡Ahora todo son prisas! Cinco minutos descargando una aplicación es una odisea. Dos minutos sin contestar en un chat es algo así como la infinitud y un correo electrónico que no es instantáneo es lento. En términos exclusivamente tecnológicos lo podría entender, sin embargo estas prisas han trascendido a nuestro día a día, afectando enormemente a la forma de relacionarnos. ¡Estas estúpidas prisas! Cinco minutos esperando a alguien ahora es una odisea. Dos minutos sin hablar en una conversación es sentenciarla a ser incómoda y… A ver, en términos exclusivamente sociales lo podría entender, pero claro… ¡Estas dichosas prisas!

En esta sociedad anclada en una velocidad desorbitada se producen constantemente comentarios del palo: “Estás en el tercer curso de ingeniería, ¿de verdad vas a cambiarte de carrera?”, “Espera, ¿tienes 24 años y aún no tienes el carnet?”, “Oye, ¿y por qué no estudias tal cosa… Así terminas antes, tiene muchas salidas…” “Yo entiendo que puedas haber acabado muy saturado pero, ¿de verdad vas a dejar este año pasar?”

 ¡Ay, esas prisas! Para que me entiendas, si decides contarle a la gente que hoy mismo has decidido comenzar a escribir un libro, y a las dos semanas les informas, orgullosamente, que tienes una página; es muy posible que te respondan: “¿¡Una página estando dos semanas escribiendo!? Deberías replanteártelo o apurarte, ¿eh?”

Pena me da hasta de escribirlo, en serio. ¿Y sabes por qué? Porque todas estas cuestiones son puramente retóricas, no son formuladas con el fin de rellenar el vacío de la duda o el desconocimiento sino que son lanzadas como flechas envenenadas con reproche. Para colmo a muchas personas les daña, desmotiva y, en general, no aportan nada positivo sino todo lo contrario. Entonces, ¿para qué?

Sinceramente, no estás, ni estarás, sola o solo. El párrafo introductorio de este artículo lo he escrito porque muchas veces necesito recordarlo. Recordar que grandísimos resultados y obras de referencia fueron llevados a cabo con una paciencia desmesurada. Y que es verdad que a veces cuesta. Que la angustia llega antes que los resultados… Te digo lo mismo pero distinto; ojalá fuera mentira. Pero, ¿sabes? Yo pienso que no importa que el objetivo esté a medio completar aún, siempre y cuando sigas, o comiences a estar, tras de él. Que no hay que preocuparse sino ocuparse. Que no hay que tener miedo a cambiar de rumbo; ni de tener un ritmo distinto al resto.

Antes de irme me gustaría decirte, antes de que se me olvide, que David Simon, creador de una de las series de televisión más alabadas de la historia; The Wire, se ganaba la vida como reportero en las peligrosas calles de Baltimore. Que al director de cine Steven Spielberg le rechazaron de hasta tres universidades. Que a Michael Jordan le dijeron que jamás llegaría a trascender en el mundo del baloncesto y que a Albert Einstein sus profesores le tachaban de “persona vaga y de incapacidad psíquica”.

Nada está escrito, pero cuando cambies eso habrá sido a tu propio ritmo.

 

 

 

 

 

 



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